viernes, 29 de mayo de 2015

La desgracia nos había tocado recientemente. Eran días en que no podía salir de la cama, y nunca pensé que esa frase fuera tan literal.

Cuando ocurrió, él no se sintió tocado, no le tendió la mano para calmar el dolor que la quebraba, pero cuando ella emprendió el viaje, los mensajes desesperados de amor y demandantes de su regreso no paraban de llegar.

Me desperté y la vi sentada en el piso, arrinconada contra la pared. No lograba entender la magnitud de lo que había ocurrido: me lo dijo sin dar vueltas: “me puso el filo del cuchillo en la cara”. Le dije que lo deje, que no podíamos permitirnos una desgracia más, que eso no es amor, que por favor cuide su vida. El dolor me adormecía, el temor me enloquecía, su pasividad me amenazaba a mí también.

Evitó el contacto por un tiempo, con “cola de paja”, pero no pasó mucho tiempo hasta que su llamada interrumpió mis planes de fin de semana, para decirme que la ayude a salir, que esta vez se había terminado. Estaba encerrada en el baño, luego de haber sido brutalmente golpeada.

Sin soltar el teléfono empecé a pedir más ayuda, volé hasta el lugar mientras llamaba a la policía, que no demoró en llegar ni dudó en entrar.

Desde la esquina lo vi, sentado en la puerta tomándose la cabeza como quien se encuentra atormentado. Al entrar junto a la policía notamos que había tomado, también sabíamos que llevaba 10 años siendo cocainómano, que no era a la primera persona que se lo hacía, pero manejó sus reflejos al punto que los esfuerzos de la policía –ilegales pero en ese momento bienvenidos- por hacerlo enojar, no surtieron ningún efecto.

Entramos a la casa y ella lloraba desconsoladamente. Pude ver las huellas de la golpiza, sábanas en la cocina, muebles corridos, una heladera pequeña al lado de la ventana, que según me había dicho por teléfono, él pensaba tirar por allí.
Ella no quería irse, ella no quería que la policía lo increpara, ella no quería que nosotros, quienes acudimos en su ayuda, lo insultáramos.

Pasaron minutos, horas o años. La policía bajó los brazos con él pero dijo que no se iría hasta que ella estuviera a salvo, y sólo así accedió a salir. En medio de la conmoción la llevamos hasta el lugar donde denunciarlo. Se negaba a contarlo. Pasaron horas, hasta que se decidió.

Por si fuera poco hacía un frío de re mil cagarse.

Llamé a los padres de esa mierda humana, me preguntaron si ella se encontraba con vida. No tengo palabras para describir todo lo que esas líneas de la conversación significaban en mi mente.

Accedieron a cooperar. El padre pidió la internación por alcoholismo y drogadicción, no era la primera vez que lo hacía.

Se hizo de día, ella no dejaba de llorar, y se arrepentía de haberlo denunciado, pensaba en él, en el daño que le hacía. SI, YO QUISE GOLPEARLA TAMBIÉN.

Por arte de magia logré llevarla a mi casa, escondí todas las llaves para que no se escapara.

Un par de horas después su padre llama al teléfono de ella, que estaba en mis manos desde la noche anterior, que fue una sola, que lo es hasta hoy. Ella escuchó la conversación. El padre me pedía que le saque las llaves de la casa, porque iban a buscarlo para internarlo, y tenía que ayudarlos a entrar. Busqué las llaves y ella me las arrebató.
Salió corriendo y yo tras ella, al bajar las escaleras me esguincé un tobillo, seguí corriendo, no la alcancé. Entró.

Llegó la psiquiatra, con dos policías “disfrazados” de médicos. Entraron. La escuché llorar, decir estupideces. Mis lágrimas se helaban en mis mejillas. No me di cuenta hasta horas después, junto con el esguince. El cuerpo se ausenta en situaciones así.

La psiquiatra salió hecha una fiera. Se dirigió al padre de la mierda, y a mí. Nos dijo que esto no era un problema de adicciones, que esto era un serio caso de violencia familiar, y que era más urgente que ella fuera asistida psiquiátricamente, porque era ella quien cerraba el círculo vicioso.

Todos se fueron.

Yo esperé en la puerta. Segundos, minutos, horas. Le rogué que viniera conmigo, que lo deje.

 Ambos me pidieron que me vaya.

Mi familia me llamó, yo también corría riesgo, me hicieron volver a casa, y horas después escribió- LA COBARDE ESCRIBIO- que le daría otra oportunidad.

Su nombre mañana puede estar en una mariposa violeta. En un cartel en una marcha. En una cinta de luto.

Con eso encima, intento dormir todas las noches.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.